¿Cuáles son las conductas erronas a la hora de educar a nuestro hijo?

Octubre 5, 2009

Aunque cada familia es un mundo y su dinámica está influida por varios y diferentes factores, hay algunas conductas paternales que pueden reflejar la actitud típica sobre protectora. Entre ellas:

CONVERTIR AL NIÑO EN EL “REY’ DE LA CASA. Es normal que, en cierto sentido, lo sea. El nacimiento de un hijo es, posiblemente, uno de los acontecimientos que más cambian la vida de las personas. Pero de ahí a que toda la vida familiar gire en torno a sus demandas, deseos o caprichos, hay un trecho que no deberías recorrer si no quieres convertirle en un pequeño tirano. Incluso, “hay padres que esperan que ese trato especial que su hijo recibe en- casa, lo obtenga en otros ámbitos, también en el colegio”, explica Jesús Ramírez.

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PREOCUPACIÓN DESMESURADA POR SU SALUD Y SEGURIDAD. Es frecuente en los padres que están todo el día corriendo detrás del niño para evitar que se suba a una silla, esterilizando, una y otra vez, el chupete o sobrealimentándolo; y en los que le impiden montar en bicicleta porque una tarde de juegos se cayó de ella.

EVITAR AL PEQUEÑO SITUACIONES QUE SUPONEN UN RETO O UN ESFUERZO. Vestirles, aporque tardan mucho en ponerse los pantalones”, darles de comer cuando ya deberían hacerlo por si mismos, hacerles los deberes… Esto refleja, en cierta medida, una falta de confianza en los propios hijos y, por supuesto, les impide aprender, lo que, como recuerda Jesús Ramirez, es fundamental para su correcto desarrollo.

NO DARLE LIBERTAD NI FOMENTAR SU INDEPENDENCIA. “¿Con quién va a estar mejor que con sus padres?”, suelen pensar aquellas personas a las que les encanta tener a su niño pegado a sus faldas y no confían en nadie-abuelos, otros familiares y amigos, cuidadores- para que se hagan cargo de él, ni siquiera en momentos muy concretos. También les cuesta dejarle ir a excursiones del colegio, a jugar a casa de sus amigos…

ADELANTARSE A SUS NECESIDADES Y DEMANDAS. Una actitud frecuente en las familias hiperprotectoras es dar a los pequeños de la casa lo que sus padres creen que necesitan, aunque éstos ni siquiera lo hayan solicitado.

NO DEJARLES CRECER. En ocasiones, la razón de que algunos padres sean excesivamente protectores es su reticencia a dejar crecer a sus hijos. Echan de menos cuidar a sus bebés y les tratan como si fueran más pequeños de lo que en realidad son. Así, se dan situaciones como llevar en su sillita a un niño que camina perfectamente o dejarle su chupete cuando ha cumplido los 3 años.

JUSTIFICAR SUS CONDUCTAS CEÑÍAS Y RESPONSABILIZARSE POR ELLAS. Esta situación se da cuando los papás creen que sus hijos son “los más buenos del mundo”, y si se portan mal en clase o se pelean con sus amigos en el parque es “culpa de los otros, que les provocan”. Un suspenso también es consecuencia de que “el profesor no sabe explicar los temas”, no de que el niño no los estudie como debiera.

CONTROLAR SUS RELACIONES SOCIALES. Según el psicólogo educativo, “a medida que los niños van creciendo, los papás se inmiscuyen en sus relaciones con otros niños hasta el punto de prohibirles frecuentar a algunos amigos por las causas más variopintas”.

DECIDIR POR ELLOS. Los padres sobre protectores están convencidos -eso si, con su mejor intención- de que ellos son los únicos que saben lo que les conviene a sus hijos, por lo que toman decisiones por ellos, a veces, sin consultares.

Que es educar a nuestro hijos

Octubre 2, 2009

Toda educación se mueve en el binomio información-formación. La información nos proporciona los conocimientos necesarios para manejarnos en la sociedad y conseguir una capacitación profesional que permita el desarrollo personal en el trabajo. Uno de los fines del sistema educativo es formar administrativos, chóferes, médicos, informáticos, químicos, etc.
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La información no se refiere solamente al aspecto profesional, sino también a la adquisición de habilidades y procedimientos de actuación, que permiten perfeccionar ciertas facultades humanas. Por eso hablamos de educación sentimental, sexual, vial, cívica y de dominio de la voluntad. Para un estudiante es importante la adquisición de técnicas de estudio, de procedimientos para desarrollar la memoria y dominar las técnicas de lectura rápida manteniendo la comprensión.

Pero la información sola no basta, hace falta que vaya acompañada de una orientación. Esto es lo que llamamos formación. Por ejemplo, en la educación sexual, no basta con conocer la anatomía, la fisiología del aparato reproductor y los mecanismos endocrinológicos del organismo. Hace falta dar pautas de conducta que nos expliquen con claridad para qué sirve la sexualidad, su integración en la personalidad humana, su finalidad, etc.

La educación conduce a la formación de un hombre más maduro, más completo y más coherente. El hombre es maduro cuando alcanza un buen equilibrio personal entre sus facultades intelectuales, su cuerpo y sus relaciones sociales. Es completo cuando sabe integrar diversas vertientes adecuadamente y es coherente cuando establece una armonía ente las ideas y la conducta, entre la teoría y la práctica. El hombre formado es más humano y más espiritual, más dueño de sí mismo.

En toda educación es importante la figura del educador (padre y profesor) y la tarea de autoformación del propio educando. El poder del educador depende menos de su palabra que de su ejemplo. El chico necesita un modelo de identidad, una persona ejemplar a la que admirar y en quien aprender. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra.

Pero el agente principal de la educación es uno mismo, es la propia persona que formula y desarrolla su proyecto personal. Los medios para alcanzar los objetivos propuestos son dos: la motivación y el esfuerzo. La motivación nos mueve a actuar y mediante el esfuerzo realizamos pequeños vencimientos concretos, repetidos una y otra vez, hasta conseguir el control de la propia conducta

Educar Sin Perder la Paciencia

Octubre 2, 2009

Seguir el ritmo del trayecto entre los dos y los tres años puede resultar agotador. A muchos padres les cuesta poner límites y pierden frecuentemente la paciencia. La clave: conocer las características propias de la edad.beb

Hace unos meses, Mercedes y Rodolfo decidieron hacerle un psicodiagnóstico a su hija mayor, Belén, que acababa de cumplir los tres años. “Estábamos preocupados porque estaba muy inquieta y contestadora y ella siempre había sido muy buena”, recuerda la mamá. El resultado los llevó a reflexionar sobre sus propias actitudes: “Nos dimos cuenta de que estábamos siendo demasiado exigentes con ella. Sobre todo cuando estábamos con otras personas, le exigíamos que fuera perfecta. Que no llorara, no gritara, no corriera. No es que ella fuera terrible, sino que nosotros estábamos como cegados respecto de lo que tiene que ser una chica a esa edad”. A partir de ese descubrimiento, decidieron ser más flexibles y tolerantes con ella, reservando los retos y los límites para situaciones que realmente los merecieran.

Un importante desafío de la educación es conocer y respetar las posibilidades, limitaciones y características propias de cada edad. En ese sentido, los dos años son una época muy engañosa. De pronto, los padres se encuentran con que ese bebé totalmente dependiente se transformó en un chico que habla, piensa, corre. “Tras ese cambio radical podemos erróneamente creer que el niño ha alcanzado una madurez que aún no tiene. Entre los dos y los tres años el niño ya es capaz de hacer tantas cosas de las que hace un adulto, que con facilidad podemos equivocarnos y exigirle mucho más de lo que es razonable”, apunta Susan Reid , en el libro Comprendiendo a tu hijo de 2 años . Por más progresos que esté haciendo, no deja de ser un niño muy pequeño en un mundo tremendamente grande por descubrir.
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Una manera de ayudarse a no perder la paciencia es conocer las características propias de esta etapa.  Entre los  24 y los 30 meses, los niños están aprendiendo a hablar normalmente y utilizan el lenguaje para conocer y entender el mundo. Siempre están preguntando y parecen no conformarse con ninguna respuesta. Su desarrollo es imparable: cada día trae una nueva adquisición.

Es una etapa totalmente egocéntrica, pero de a poco comienzan a entender la idea del “otro”. Está surgiendo la empatía, un sentimiento que será crucial para su relación con los demás durante toda la vida. Los padres deben entender que siempre primará el “todo para mí”, pero al mismo tiempo ayudar a sus pequeños para que afloren los sentimientos de amor y generosidad que hay en ellos. Y ésta es justamente la definición de educar: este verbo viene del latín y quiere decir “conducir fuera de”, crear las condiciones para sacar lo mejor del otro.

Saber poner límites

Una de las palabras clave de esta etapa es “no”. Tanto en boca de sus padres, cuando le marcan los límites, como en la de los pequeños que insistentemente se oponen a estos límites. “No quiero, no me gusta, no voy”, repiten hasta el cansancio, muchas veces antes de entrar en una rabieta o en un berrinche. ¿Quién gana esta batalla? Lo lógico es que sea la voz de los padres la que prevalezca. Sin embargo, muchos adultos no saben poner límites y agotan su paciencia en el intento.

En incontables ocasiones el límite fracasa por algo tan sencillo como que no ha sido comprendido por el niño. Por ejemplo, una mamá entra con su hijo de dos años y medio a una biblioteca en donde otras personas están en silencio. El pequeño, como es costumbre, comienza a preguntar todo en voz alta, mientras señala todo lo que llama su atención. Su mamá, nerviosa por la situación, le agarra la mano y le dice: “Basta, portate bien”. Si es la primera vez que entra en una biblioteca, ¿cómo puede saber el pequeño que en este ambiente “portarse bien” significa no hablar, a diferencia de como hace en otros ámbitos públicos, como el supermercado? Un límite bien entendido es concreto y está bien especificado: “Este lugar es una biblioteca y no se puede hablar en voz alta porque la gente está estudiando y si escuchan voces se van a distraer y no van a poder comprender lo que están leyendo”.
Otra posibilidad que suele dar resultado es darles cierto grado de libertad para elegir cómo cumplir las indicaciones. Por ejemplo: “Vamos a ordenar los juguetes, ¿empezamos por los muñecos o por los rompecabezas?”.

En todos los casos, es necesario aplicar el límite con firmeza. Esto no significa gritar, pero sí mantener la voz segura y la mirada seria. Y si el adulto está enojado o nervioso, debe tomarse unos segundos para calmarse y controlar las emociones.

Por último, un consejo valioso para cuando los chicos se portan mal: rechazar la conducta y no al pequeño. Si, jugando con un amiguito, no quiere compartir sus juguetes, en lugar de decirle que es malo o egoísta, conviene hacer hincapié en esa actitud puntual de no compartir.

Poco a poco,  a partir de los dos años y medio, los chicos empiezan a entender la dinámica de la disciplina y el orden y adquieren sus primeras nociones de sentido moral. Es la base para comenzar a construir hábitos de colaboración, orden, autonomía e higiene que formarán parte integral de su vida cotidiana.

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