Mamá de hijos triunfadores
Mayo 3, 2010
Hace unas semanas recibí un mensaje de un amigo que incluía un pensamiento muy interesante y profundo acerca de cómo educar hijos triunfadores.
Me gustó mucho porque coincide con mi forma de pensar, en que la definición de un triunfador no necesariamente equivale a tener mucho dinero ó éxito en los negocios.
Triunfar en la vida es, a fin de cuentas, el lograr ser feliz con lo que somos y con lo que hacemos. Ser feliz es vivir plenamente y gozar lo que tenemos en esta vida.
Este pensamiento lo encontré atribuido tanto a Luís Baba Nakao como a Osvaldo Moreno. Si alguien sabe con certeza quien lo escribió originalmente, le agradeceré me lo haga saber para darle el crédito que se merece.
Cómo educar hijos triunfadores
Debemos preparar a nuestros hijos para el mundo del futuro, no el mundo de nuestros padres ni el nuestro. En ese mundo lo determinante para triunfar será el carácter y no el conocimiento, como muchos pudiéramos creer. Tener temple, salir de los fracasos adecuadamente, hacer de los fracasos un desafío y no una tragedia, eso será lo que buscarán los seleccionadores de personal. Para los trabajadores independientes será un auto requisito.
Un hijo forjará carácter si percibe claramente la autoridad de los padres. Con presencia de autoridad los niños y jóvenes a su vez actuarán con autoridad para resolver sus problemas; actuarán por determinaciones. Sin presencia de autoridad nuestros hijos serán débiles de carácter y actuarán por impulsos con los consecuentes problemas de adaptación.
¿Exceso de autoridad? Siempre será mejor exceso que falta de autoridad. El límite de autoridad lo pone la siguiente regla: “La autoridad no debe humillar”. Básicamente lo que es el niño o el joven de hoy será el adulto del mañana. De vez en cuando hay que mirar al hijo como un adulto potencial.
¿Queremos que nuestros hijos no sufran? Entonces hay que prepararlos para sufrir. No podemos estarles evitando todo el tiempo cualquier posible sufrimiento ¿si no cuándo aprenderán? Deben comprender la muerte, los problemas de la vida, los problemas en el trato de sus congéneres.
No debemos resolverles todos los problemas, hay que ayudarlos a que poco a poco los resuelvan ellos mismos. Nadie logra metas exitosas y duraderas sin un poco de sufrimiento. ¿Alguien imagina a un campeón de atletismo que no sufra para lograr sus marcas? Eso se aplica a todo tipo de campeón y a todo tipo de actividad. Siempre hay que pensar que, en parte, no queremos que ellos sufran para no sufrir nosotros, pero les hacemos un daño con miras al futuro.
Hay que enseñarles a hacer esfuerzos suplementarios. Que sepan que siempre se puede un poquito más. Recuerda que nadie recoge su cosecha sin sembrar muchas semillas y abonar mucha tierra.
Es muy importante enseñarles a carecer, es decir a “sentir la falta de” y a arreglárselas por sí mismos. Hay chicos que no practican su deporte si no tienen zapatos deportivos “de marca”. Si no aprendes a carecer no aprendes a arreglártelas. Aunque tengamos dinero para darles el 100%, los chicos deben saber el valor de las cosas. Si no lo hacen cuando son pequeños, les será muy difícil de adultos y allí sí que van a sufrir y nosotros también con ellos.
¿Cómo les enseñamos a carecer? ¡Dándoles un poquito menos de lo que necesitan! ¡No hay otra manera! Si no ¿cómo sienten la falta de…? Así aprenden a apreciar lo que tienen. Aprenden a no ser ingratos. Aprenden a gozar de la vida porque muchas veces se goza en las cosas sencillas. Aprenden a no ser quejosos.
Una excelente escuela para aprender a carecer (sin morir en el intento) es la mesa del hogar, la hora de la comida. ¿Qué debemos darles de comer? ¡Lo que nosotros decidamos que es bueno para ellos! Es no sólo por su bien estomacal, sino que es una excelente forma de que aprendan a carecer, que no sean ingratos, que no sean quejosos. “Mami, no me gustan las lentejas”, si quieres hacerles un bien para la vida, dales las lentejas. Habrá berrinches, no te exaltes (autoridad no es gritar), que no coma si no quiere, pero cuando le vuelva el hambre: ¡SORPRESA! … ¡Las lentejas del refrigerador calentadas!
Parece increíble, pero si no hacemos este tipo de cosas no se podrán adaptar. La comida es una buena escuela del carecer, pues así no serán quisquillosos en sus relaciones sociales, en el trabajo y en el mundo real.
También hay que educarlos en el servicio. Una familia normal es un equipo de trabajo con tareas: tender la cama, limpiar los cuartos, lavar los platos, pintar la casa, etc. Hay que educarlos para que realicen labores de hogar, aunque lo hagan mal al principio. Si no hacen este tipo de servicios luego tendrán problemas. Las escuelas más importantes de liderazgo del mundo enseñan a los jóvenes a carecer, para que sepan y entiendan el mundo y lo puedan liderar.
¿Mesadas? Que sean una cantidad fija, semanales, y algo menos de lo que creen que necesitan. Así aprenden a administrar el dinero. Claro que se deben aceptar excepciones, pero conversadas serenamente.
Hagamos a nuestro hijos luchadores, no debiluchos sobreprotegidos. Que se superen a sí mismos. Que tomen los problemas como desafíos para mejorar.
También hay que ilusionarlos con ideales, metas futuras, sueños, para que sean buenos de corazón.
Los hijos con carácter templado, conocimiento del carecer, educados en el servicio y plenos de amor e ilusiones serán hijos triunfadores. Y “triunfadores” no equivale a tener dinero. Deben ser felices con lo que hacen, con su vida. Solamente así podrán hacer felices a otros.
Límites en la educación de tus hijos
Febrero 21, 2010
¿Funciona tu estilo de ejercer la autoridad?
La autoridad de los padres ayuda a crecer a los niños. Para ejercerla, cada uno tenemos nuestro estilo, pero siempre hay cosas que podemos mejorar.
Ester Alonso
Partimos de la base de que quieres a tu hijo, quieres lo mejor para él y le educas lo mejor que sabes.
Pero educar no es una tarea sencilla, requiere grandes dosis de paciencia, criterio y sensibilidad, y exige a los padres ejercer una autoridad (si no, la ejercerá el niño, lo que no es nada bueno) compuesta a partes iguales de firmeza y cariño.
En ese tira y afloja entre la libertad y los límites, entre la confrontación para corregir las malas conductas de tu hijo y la cercanía para que no pierda la confianza en ti y en sí mismo, una de las cosas que más te ayudarán es establecer unas normas claras y hacer que las cumpla (ahí está el quid), para facilitar la convivencia sin tener que estar todo el día luchando con él.
A veces le costará aceptarlas, las desafiará (como en la etapa de la exploración) o se rebelará contra ellas (en la de las rabietas), pero con el tiempo irá razonando y las irá interiorizando, construyendo con ellas su sistema de valores.
NECESITA TENER LÍMITES
El autoritarismo, exigir al niño obediencia ciega en todo, sin escucharle ni darle razones y sin respetar su dignidad, no es un buen método educativo.
Pero la falta de autoridad es aun peor. Tu hijo necesita tener unos límites para crecer sin inseguridades, necesita saber quién manda (y saber que eres tú, no él).
Los límites le protegen de situaciones peligrosas, le enseñan a diferenciar lo que está bien y lo que está mal y también le incitan a esforzarse.
Son claves en su socialización, pues le orientan sobre qué puede esperar de los demás y qué esperan los demás de él. Gracias a ellos aprende a respetar a los otros y a hacerse respetar.
Los límites, además, hacen que se sienta seguro porque le dan pautas de comportamiento que impiden que esté perdido o tenga dudas a la hora de tomar sus primeras decisiones.
Gracias a las normas sabe quién está al mando y, en consecuencia, quién le protege. Así, aunque refunfuñe y se rebele, tu hijo percibe las reglas como una demostración de cariño.
En cambio, si los padres sois demasiado permisivos con él, puede interpretarlo como una falta de atención y de afecto.
Claro, que no siempre es fácil: los niños son egocéntricos por naturaleza, lo quieren todo y lo quieren ya, tratan de rebasar las normas o ignorarlas cuando no les convienen…
Y los conflictos de poder son inevitables.
La clave está en mantenerse firmes sin perder la confianza con el pequeño, por eso los padres tienen que ejercer la autoridad de un modo adecuado.
El establecimiento de límites dentro del sistema familiar se encuentra íntimamente relacionado con la comunicación.
Desde un principio hay que establecer y mantener una comunicación clara y directa, es decir, sana.
Educar sin gritos
Octubre 5, 2009
Tener paz en la familia es posible y no me refiero a ser totalmente permisiva y que los niños corran salvajemente por doquier. Lo que quiero decir es que los padres debemos darles lo que realmente necesitan: alguien menos nervioso y más sensato, que no pierda la cabeza, aun cuando ellos la pierdan.

Lo que los tranquiliza es reconocer que tu rol principal en la familia es ser una autoridad que sabe controlarse. Así que en vez de enfocarte en tus hijos, concéntrate en controlar tus emociones, así podrás calmarlos en vez de pelear con ellos.
Para mantenerte tranquila
1 Reconoce cuándo te están provocando. No caigas en su juego.
2 No te metas con las recámaras tiradas. Tener su propio espacio es esencial para los niños para que formen su propia identidad.
3 Deja que tus hijos discrepen. Aunque resulta difícil para muchos padres dejarlos (o incluso alentarlos) a discrepar, hacerlo crea un profundo respeto mutuo entre ustedes.
4 Respeta sus elecciones
5 Trata de no mirarlos a los ojos. Las conversaciones que tienen contacto visual constante son amenazantes, haciendo que se vuelvan incómodas para las dos partes.
6 No te enganches en sus plietos.
Nadie debiera sacarte de tus casillas a menos que lo permitas, ni siquiera tus hijos. Cuando nos volvemos viscerales, les gritamos, y solamente comunicamos un mensaje: “cálmame, por favor”, es decir, les pedimos ayuda para que hagan algo que nos calme y libere nuestra ansiedad. ¿Cómo podrá un niño de 4 o 14 años de edad lidiar con ese tipo de presión? Así que aquí hay algo que puedes hacer diferente: tomar el control de tus emociones será la prioridad. “Silénciate” mentalmente, cuando sientas que tu frustración va a tomar el control.
Gritar da resultados, pero por ¿cuánto tiempo? Tus hijos obedecerán hasta que decidan revelarse. Cuando te niegas a gritar, no hay nada contra qué revelarse, porque tus hijos decidirán y toman la responsabilidad de sus actos.
Educar Sin Perder la Paciencia
Octubre 2, 2009
Seguir el ritmo del trayecto entre los dos y los tres años puede resultar agotador. A muchos padres les cuesta poner límites y pierden frecuentemente la paciencia. La clave: conocer las características propias de la edad.
Hace unos meses, Mercedes y Rodolfo decidieron hacerle un psicodiagnóstico a su hija mayor, Belén, que acababa de cumplir los tres años. “Estábamos preocupados porque estaba muy inquieta y contestadora y ella siempre había sido muy buena”, recuerda la mamá. El resultado los llevó a reflexionar sobre sus propias actitudes: “Nos dimos cuenta de que estábamos siendo demasiado exigentes con ella. Sobre todo cuando estábamos con otras personas, le exigíamos que fuera perfecta. Que no llorara, no gritara, no corriera. No es que ella fuera terrible, sino que nosotros estábamos como cegados respecto de lo que tiene que ser una chica a esa edad”. A partir de ese descubrimiento, decidieron ser más flexibles y tolerantes con ella, reservando los retos y los límites para situaciones que realmente los merecieran.
Un importante desafío de la educación es conocer y respetar las posibilidades, limitaciones y características propias de cada edad. En ese sentido, los dos años son una época muy engañosa. De pronto, los padres se encuentran con que ese bebé totalmente dependiente se transformó en un chico que habla, piensa, corre. “Tras ese cambio radical podemos erróneamente creer que el niño ha alcanzado una madurez que aún no tiene. Entre los dos y los tres años el niño ya es capaz de hacer tantas cosas de las que hace un adulto, que con facilidad podemos equivocarnos y exigirle mucho más de lo que es razonable”, apunta Susan Reid , en el libro Comprendiendo a tu hijo de 2 años . Por más progresos que esté haciendo, no deja de ser un niño muy pequeño en un mundo tremendamente grande por descubrir.

Una manera de ayudarse a no perder la paciencia es conocer las características propias de esta etapa. Entre los 24 y los 30 meses, los niños están aprendiendo a hablar normalmente y utilizan el lenguaje para conocer y entender el mundo. Siempre están preguntando y parecen no conformarse con ninguna respuesta. Su desarrollo es imparable: cada día trae una nueva adquisición.
Es una etapa totalmente egocéntrica, pero de a poco comienzan a entender la idea del “otro”. Está surgiendo la empatía, un sentimiento que será crucial para su relación con los demás durante toda la vida. Los padres deben entender que siempre primará el “todo para mí”, pero al mismo tiempo ayudar a sus pequeños para que afloren los sentimientos de amor y generosidad que hay en ellos. Y ésta es justamente la definición de educar: este verbo viene del latín y quiere decir “conducir fuera de”, crear las condiciones para sacar lo mejor del otro.
Saber poner límites
Una de las palabras clave de esta etapa es “no”. Tanto en boca de sus padres, cuando le marcan los límites, como en la de los pequeños que insistentemente se oponen a estos límites. “No quiero, no me gusta, no voy”, repiten hasta el cansancio, muchas veces antes de entrar en una rabieta o en un berrinche. ¿Quién gana esta batalla? Lo lógico es que sea la voz de los padres la que prevalezca. Sin embargo, muchos adultos no saben poner límites y agotan su paciencia en el intento.
En incontables ocasiones el límite fracasa por algo tan sencillo como que no ha sido comprendido por el niño. Por ejemplo, una mamá entra con su hijo de dos años y medio a una biblioteca en donde otras personas están en silencio. El pequeño, como es costumbre, comienza a preguntar todo en voz alta, mientras señala todo lo que llama su atención. Su mamá, nerviosa por la situación, le agarra la mano y le dice: “Basta, portate bien”. Si es la primera vez que entra en una biblioteca, ¿cómo puede saber el pequeño que en este ambiente “portarse bien” significa no hablar, a diferencia de como hace en otros ámbitos públicos, como el supermercado? Un límite bien entendido es concreto y está bien especificado: “Este lugar es una biblioteca y no se puede hablar en voz alta porque la gente está estudiando y si escuchan voces se van a distraer y no van a poder comprender lo que están leyendo”.
Otra posibilidad que suele dar resultado es darles cierto grado de libertad para elegir cómo cumplir las indicaciones. Por ejemplo: “Vamos a ordenar los juguetes, ¿empezamos por los muñecos o por los rompecabezas?”.
En todos los casos, es necesario aplicar el límite con firmeza. Esto no significa gritar, pero sí mantener la voz segura y la mirada seria. Y si el adulto está enojado o nervioso, debe tomarse unos segundos para calmarse y controlar las emociones.
Por último, un consejo valioso para cuando los chicos se portan mal: rechazar la conducta y no al pequeño. Si, jugando con un amiguito, no quiere compartir sus juguetes, en lugar de decirle que es malo o egoísta, conviene hacer hincapié en esa actitud puntual de no compartir.
Poco a poco, a partir de los dos años y medio, los chicos empiezan a entender la dinámica de la disciplina y el orden y adquieren sus primeras nociones de sentido moral. Es la base para comenzar a construir hábitos de colaboración, orden, autonomía e higiene que formarán parte integral de su vida cotidiana.

