La magia de la comunicación
Febrero 21, 2010
Uno de los errores más graves que se comete en una relación de pareja es la falta de comunicación. Y más aún cuando se acaba de ser padres. La inseguridad crece y el miedo a hacerlo mal agrava la situación. No dejes que esto suceda.
* Salir a cenar sin el bebé
Desgraciadamente, la falta de comunicación es un error más común de lo que pudiera parecer en las relaciones de pareja. No expresar nuestros sentimientos, miedos o sueños a la persona con la que compartimos nuestra vida y nuestros hijos, acabará matando cualquier historia de amor.
Es posible que no ocurra nada espectacular, que no se produzcan grandes discusiones o arrebatos, pero si muere el diálogo, la relación morirá con él más tarde o más temprano. Se corre el riesgo de acabar con una relación que se mantiene por pura inercia, por comodidad.
Debes saber que la comunicación es uno de los afrodisíacos más potentes. Al inicio de la relación establecemos lo que nos gusta y lo que no, pero las cosas evolucionan con el tiempo. Es bueno y normal que así ocurra, y hay que saber comunicar esos cambios al otro, para que la pasión siga fluyendo.
Si tú y tu pareja necesitáis mejorar en este aspecto…
* Di con claridad y sin miedo lo te gusta y lo que te aburre. Si deseas llevar la iniciativa, sugiérele: “Hoy me siento diferente. Déjame hacer…”
* Escribe en un papel lo que harías con él y ¡dáselo! Atrévete y no te aburras en silencio; la monotonía acaba con la pasión.
* Lleva la comunicación más allá de la cama. Busca una canguro y sal a cenar con tu pareja, cultiva su amistad y camaradería. Es más fácil desinhibirse y que nazca el deseo cuando la pareja se divierte junta.
Dentro de la pareja es fundamental que exista una libertad total en la comunicación. Los temas tabú o “prohibidos” no deberían existir y deberíamos expresar libremente aquello que no nos gusta de nuestra pareja. Todo contribuye a fortalecer la relación, a enrtiquecerla. Eso sí, jamás se deben usar tonos despectivos o imperativos. Nunca.
Si queréis que vuestra relación sigan gozando de buena salud, ¡expresad vuestros sentimientos sin pudor! Pero ojo, aprended a decir las cosas sin ofender y buscando siempre las palabras adecuadas.
La comunicación libre, total, irá mejorando poco a poco la vida diaria, permitiendo llegar a conocer, y comprender, mejor a nuestra pareja con cada día que pase.
Vuestra relación más viva
Febrero 21, 2010
Vuestra relación más viva
Cuando llega un hijo, la relación sexual de la pareja se resiente. El exceso de tareas, el cansancio o la falta de tiempo son razones de peso para que no haya apenas ganas de hacer el amor. Para mejorar esta situación, sigue nuestros consejos.
Sexo programado
Admitir que la espontaneidad y el tiempo sin límite para el sexo ya no formarán parte de nuestra vida cotidiana… de momento. Aunque esto puede resultar frío para muchas parejas, intentad verlo como algo divertido. Si sabéis que después de una toma determinada, vuestro bebé os “da una tregua” de más de una hora, ¡aprovechadla y comprobad que también puede ser muy gratificante”.
Levantar espectativas
Mantener una conversación sobre el sexo “del futuro”: qué vamos a hacer cuando no estemos tan cansados, cuando el niño duerma… Así se estimula el deseo.
Piropos y detalles
Tratar de conectar con la situación afectiva del otro, intentar complacerle, tener detalles, decirle lo guapo/a que está esta mañana, comprar algo bonito para el otro, preparar una cena romántica…
anticoncepción
Solucionar el temor más común ahora: que se produzca un embarazo no deseado. Para ello lo mejor es hablar abiertamente con tu ginecólogo sobre el tema y él os recomendará el anticonceptivo que mejor se adapta a vuestra situación (que dependerá en gran medida de si estás o no dando el pecho).
CAMBIOS
La mujer experimenta cambios físicos y hormonales que disminuyen su apetencia sexual. Puede recuperarla, sin presiones, si propicia momentos de intimidad.
COMPRENSIÓN
El hombre tem que su pareja no vuelva a interesarse en él como antes. Debe tener claro que es algo pasajero, ser comprensivo, tener paciencia y, en vez de exigir, persuadir.
¿Por qué discutís?
Febrero 21, 2010
El cambio de vida que supone el nacimiento de un hijo provoca tensiones en la pareja. Si os ocurre, intentad poneros en el lugar del otro.
Demostrado: en el primer año de vida de los hijos, sobre todo del primero, los padres discuten más. Las nuevas responsabilidades y el cambio de roles sorprenden a la pareja.
Tras el nacimiento del bebé, la madre se encuentra cansada por el parto y necesita descansar, pero sólo tiene tiempo para atender a las demandas del niño. Y el padre también se ve abrumado por la responsabilidad y las dudas, con mucho cansancio y muy poca paciencia debido a la revolución de horarios y a la falta de sueño.
No hay tiempo para organizarse y aunar criterios sobre los cuidados del recién nacido o el reparto de tareas, y menos aún para divertirse juntos. Y que aparezca gente de fuera para ayudar (la madre, la suegra…), aunque lo hagan con la mejor intención, en muchos casos es un motivo de nuevas discusiones.
En los periodos críticos, el organismo tiende a reaccionar como si se tratara de algo para toda la vida. Esta tendencia nos hace perder la perspectiva. Los primeros meses con el bebé son una etapa crítica, pero pasajera: después de tres o cuatro meses todo comienza a ser más sencillo. La madre recupera su estado físico y anímico, el padre se siente más implicado, los horarios del pequeño se normalizan…
Ahora duerme más por la noche, deja de tener cólicos ¡y empieza a sonreír! Aun así, es importante solucionar cuanto antes las tensiones en la pareja, porque dejan huella. Para ello hay que saber cómo y por qué surgen.Y por qué van a más.
EL ORIGEN DE LAS TENSIONES
En las situaciones extremas, que nos superan, es cuando más notamos la falta de apoyo del otro. Nos parece que solamente discute para dañarnos, nos sentimos incomprendidos y pensamos que la mayor parte de las responsabilidades recaen sobre nuestras espaldas. En consecuencia, reaccionamos a la defensiva: saltamos a la primera, exigimos de forma exagerada y continua y nos creemos en posesión de la verdad.
La percepción desajustada de la realidad provoca que ambos miembros envidien la posición del otro, que consideran más ventajosa. Y que se pierda el sentimiento de unidad. Ante esto, una tendencia es sentirse en alianza con el bebé, favoreciendo que aumente la distancia entre el padre y la madre.
Si la madre pudiera conocer los sentimientos del padre descubriría que él también está asustado por la responsabilidad y duda de su competencia a la hora de manejar al bebé. Y que siente celos de la intimidad que ella ha establecido con su hijo, teme perder su protagonismo y quedar convertido en “hombre mantenedor” de la economía familiar. Además, como ella, también él teme haber hipotecado su libertad e independencia.
Ambos pasan casi por lo mismo, pero lo ignorn y se dedican a cargar culpas sobre el otro. Si os paráis a hablar, os dareis cuenta de lo que sucede en realidad. Es muy importante preservar la complicidad con la pareja. Así podemos ponernos en la piel del otro y no malinterpretar su conducta, superamos mejor nuestros temores y conseguimos que el recién llegado no absorba toda nuestra energía.
El instinto paternal si existe
Febrero 21, 2010
Ha nacido un padre
La llegada de tu hijo ha despertado en ti sentimientos que antes desconocías. No te quedes ahí: mímale e implícate en sus cuidados para que, día a día, se vaya fortaleciendo el vínculo que os une.
David Ruiz. Asesora: Montse Colilles, psicóloga experta en relaciones de familia y coordinadora de grupos pre-parto. (Nuestra pequeña modelo se llama Adriana y su papá, Pablo). Fotos: Angélica Heras.
Instinto paternal
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‘¡Es una niña!’ Al escuchar a la ginecóloga encargada de la ecografía se me saltaron las lágrimas. Podría haber sido en cualquier otro momento del embarazo. O tras el parto, al ver a mi hija por primera vez. Pero fueron esas palabras las que produjeron un cambio radical en mi interior”.
Ésta es la experiencia que yo, redactor del reportaje que estás leyendo, viví el día en que empecé a sentir eso que llaman el “instinto paternal”. Y esto es lo que desde entonces he ido descubriendo sobre el emocionante mundo de la paternidad.
Razones biológicas… y algo más
No hay duda de que el hombre está preparado para asumir un rol importante en la crianza de sus hijos. Otra cosa es que, por razones culturales o sociales, tradicionalmente esta función haya sido asumida en su mayor parte por la mujer. Muchos estudios confirman que los hombres tienen un instinto paternal, parecido al instinto maternal de las mujeres.
Durante el embarazo de sus parejas, los futuros papás segregan menos testosterona (hormona masculina) y más estradiol (hormona femenina), lo que se traduce en un cambio de actitud: están más relajados, más tiernos y atentos con su pareja, más predispuestos a colaborar…
Los expertos creen que, de algún modo, la madre envía un conjunto de señales imperceptibles que hacen que el instinto paternal se ponga en marcha. Y es para siempre: está demostrado que los hombres con hijos mantienen de por vida mayores niveles de estradiol y oxitocina (hormonas femeninas) que los que no tienen descendencia.
Pero no todo se puede reducir a la vertiente biológica para explicar el instinto paternal. “La naturaleza no nos lo da gratuitamente, ese instinto se ha de construir”, sostiene Montse Colilles, psicóloga catalana experta en relaciones familiares. De hecho, los humanos somos totalmente dependientes al nacer, al bebé hay que cogerlo, arroparlo, darle de comer, cambiarle… Y al hacerlo vamos estableciendo vínculos emocionales con él, un proceso que se inicia incluso antes del nacimiento.
¿Cuándo surge este sentimiento?
“No hay un momento concreto, pero está claro que con el test de embarazo positivo ya empiezan a pasar cosas”, dice Montse Colilles. La certeza de que uno va a ser padre marca un punto de inflexión.
“Aunque durante el primer trimestre, entre que no hay un cambio físico importante en la mujer y que existe un riesgo de aborto, el padre hasta se puede olvidar de que va a tener un hijo”, sostiene la experta. Es con las primeras ecografías y el aumento de la barriga cuando el padre empieza a tomar más conciencia de su condición.
“La ecografía es un momento fundamental, es cuando muchos hombres interiorizan que esto va de verdad”, añade. Además, la alta definición de las pruebas ecográficas actuales permite al papá ver con más nitidez al feto y aumentar su empatía con él. “Ahora se observan los rasgos de su cara, sus gestos, sus manos… Estas imágenes convierten en real al bebé que la madre lleva dentro”, explica la psicóloga.
Pero el cambio definitivo en el padre, el verdadero proceso de vinculación, surge cuando nace el niño. “En ese momento he visto a los hombres hablar en términos de responsabilidad que incluso para ellos eran totalmente nuevos”, dice la psicóloga, que cita un ejemplo real llegado a su consulta: “Me contaba un padre recién estrenado que al coger el coche nada más salir del hospital para llevar a su hijo a casa, se sintió fatal, porque fue cuando se percató de la enorme responsabilidad que había adquirido”.
Límites en la educación de tus hijos
Febrero 21, 2010
¿Funciona tu estilo de ejercer la autoridad?
La autoridad de los padres ayuda a crecer a los niños. Para ejercerla, cada uno tenemos nuestro estilo, pero siempre hay cosas que podemos mejorar.
Ester Alonso
Partimos de la base de que quieres a tu hijo, quieres lo mejor para él y le educas lo mejor que sabes.
Pero educar no es una tarea sencilla, requiere grandes dosis de paciencia, criterio y sensibilidad, y exige a los padres ejercer una autoridad (si no, la ejercerá el niño, lo que no es nada bueno) compuesta a partes iguales de firmeza y cariño.
En ese tira y afloja entre la libertad y los límites, entre la confrontación para corregir las malas conductas de tu hijo y la cercanía para que no pierda la confianza en ti y en sí mismo, una de las cosas que más te ayudarán es establecer unas normas claras y hacer que las cumpla (ahí está el quid), para facilitar la convivencia sin tener que estar todo el día luchando con él.
A veces le costará aceptarlas, las desafiará (como en la etapa de la exploración) o se rebelará contra ellas (en la de las rabietas), pero con el tiempo irá razonando y las irá interiorizando, construyendo con ellas su sistema de valores.
NECESITA TENER LÍMITES
El autoritarismo, exigir al niño obediencia ciega en todo, sin escucharle ni darle razones y sin respetar su dignidad, no es un buen método educativo.
Pero la falta de autoridad es aun peor. Tu hijo necesita tener unos límites para crecer sin inseguridades, necesita saber quién manda (y saber que eres tú, no él).
Los límites le protegen de situaciones peligrosas, le enseñan a diferenciar lo que está bien y lo que está mal y también le incitan a esforzarse.
Son claves en su socialización, pues le orientan sobre qué puede esperar de los demás y qué esperan los demás de él. Gracias a ellos aprende a respetar a los otros y a hacerse respetar.
Los límites, además, hacen que se sienta seguro porque le dan pautas de comportamiento que impiden que esté perdido o tenga dudas a la hora de tomar sus primeras decisiones.
Gracias a las normas sabe quién está al mando y, en consecuencia, quién le protege. Así, aunque refunfuñe y se rebele, tu hijo percibe las reglas como una demostración de cariño.
En cambio, si los padres sois demasiado permisivos con él, puede interpretarlo como una falta de atención y de afecto.
Claro, que no siempre es fácil: los niños son egocéntricos por naturaleza, lo quieren todo y lo quieren ya, tratan de rebasar las normas o ignorarlas cuando no les convienen…
Y los conflictos de poder son inevitables.
La clave está en mantenerse firmes sin perder la confianza con el pequeño, por eso los padres tienen que ejercer la autoridad de un modo adecuado.
El establecimiento de límites dentro del sistema familiar se encuentra íntimamente relacionado con la comunicación.
Desde un principio hay que establecer y mantener una comunicación clara y directa, es decir, sana.
Al cole con buen humor
Febrero 21, 2010
Hay muchas medidas que puedes tomar para que tu hijo vaya contento al colegio y aproveche al máximo su estancia allí. Toma nota de todas ellas y todos saldréis ganando.
* Levántale con tiempo suficiente para arreglarle y desayunar juntos.
* Prepárale un desayuno a base de lácteos, hidratos de carbono y fruta, y aprovecha el momento para hablar de lo que va a hacer en el cole, de sus amigos…
* Llévale tú personalmente al centro y aprovecha para saludar a los padres de otros niños y a alguna profesora. Esto le ayudará a considerar la escuela como una prolongación de su casa y a sentirse más a gusto allí. Para que le cueste menos separarse de ti, no prolongues el adiós.
* Ve a buscarle tú y anímale a que te cuente cómo le ha ido el día.
* Una vez en casa, alterna actividades movidas (así su sueño será mucho más reparador) con otras más relajadas (para que no acabe la jornada exhausto).
* De vez en cuando, invita a vuestra casa a algún compañero suyo de clase. Esto le ayudará a sentirse más acompañado en el centro.
* Dale la cena pronto y acuéstale temprano, para que duerma un mínimo de 10 horas y se levante como nuevo.
Enseñar buenos modales
Febrero 21, 2010

Pedir las cosas por favor, dar las gracias, respetar el descanso de los demás… Si practicáis estas actitudes entre vosotros, vuestro pequeño acabará siendo un niño educado y amable con todos.
Isabel Álvarez, psicóloga
niños buenos modales
Hay un dicho muy antiguo que asegura que “los buenos modales abren puertas principales”. Y todos sabemos que lleva razón. Saludar, pedir las cosas por favor, dar las gracias, ceder el asiento en el autobús… Son actitudes que provocan buenas vibraciones y sentimientos positivos porque implican una convivencia amable, de solidaridad y de respeto hacia los que nos rodean.
Factores influyentes
El niño pequeño evoluciona de forma natural desde el egocentrismo (todo gira alrededor de él) hasta la socialización. En este proceso juegan un papel fundamental tres factores:
* Su carácter. Ser más abierto y amable con los demás o más seco y arisco también viene determinado, en parte, por la herencia genética.
* Los amigos con los que se relacione en el colegio y en el vecindario. Por eso conviene vigilar las compañías del pequeño y fomentar sus encuentros con niños bien educados.
* La educación que recibe en casa. Con vuestro ejemplo podéis enseñar a vuestro hijo a comportarse de un modo cercano y afectuoso con todos (está empezando a tener conciencia social).
Siendo tan “mayor” ya debería pedir las cosas por favor, dar las gracias, saludar y despedirse, pero tampoco le obliguéis a hacerlo si le cuesta mucho. Si es muy tímido y en vez de saludar se esconde detrás de vosotros, no le forcéis. Es mejor no dar importancia al asunto y dejar que descubra por sí mismo que decir “hola” o “buenos días” no es algo de lo que deba avergonzarse.
Una actitud gratificante
Los niños deben tener una idea muy clara de la relación que existe entre sus actos y sus consecuencias. Por eso es muy importante que hagáis ver a vuestro hijo los efectos positivos que sus conductas amables producen en los demás y, como consecuencia, también en sí mismo.
Decidle cosas como: “¿ves lo contenta que se ha puesto nuestra vecina cuando le has ayudado a abrir la puerta del ascensor y lo bien que te sientes tú contigo, por haberla hecho sonreír?”.
Vuestro reconocimiento y el de los adultos de su entorno, así como lo satisfecho que se sentirá él de su persona, se convertirán, sin duda, en los mejores estímulos para que vuestro pequeño siga adoptando actitudes afables, que tienen en cuenta a los demás.
Y para que el niño también sea discreto y diplomático…
* Jamás aludáis al aspecto físico de otras personas para criticarlas. Frases del estilo de “¡qué gordo está!” o “tiene la cabeza como un balón” son un caldo de cultivo ideal para las indiscreciones infantiles.
* Evitad hablar delante de él de problemas que hayáis tenido con vuestros familiares y amigos, no vaya a ser que se le escape algo que no queréis que cuente.
* No digáis a otros los secretos que os cuente. Aunque os parezcan banales, para él son fundamentales.
¿Dónde está el fallo?
Febrero 21, 2010
El amor y las buenas intenciones no evitan que a veces nos equivoquemos al educar a los hijos. Los errores pueden ayudar si encontramos el modo de convertirlos en aciertos.
El error: No ponerle límites
Así acertarás
– No claudiques ante sus rabietas.
Si algo no te gusta, házselo saber, y si se enfada y llora, permítele desahogarse, pero sin dar tu brazo a torcer. Si realmente se comporta mal, llévale aparte unos minutos o retírale algún privilegio.
– No pretendas ser su amigo.
Él te necesita como madre o como padre. Esto implica prohibiciones que le disgustarán, pero que en el fondo te agradecerá: los niños quieren que sus padres no esquiven los conflictos y se involucren.
– No lo razones todo.
Ni tampoco apeles demasiado a su razonamiento (¿no lo entiendes?). En general es bueno explicarle el porqué de las normas (le resultará más fácil hacerte caso), pero también habrá situaciones en las que deberá obedecer sin más.
El error: Sobreprotegerle
Así acertarás
– Espera antes de ayudarle.
Piensa si de verdad necesita tu ayuda o puede hacerlo por sí solo, aunque le cueste. Si le dejas intentarlo y lo logra, aumentará su autoestima. Así, además, mejoran los problemas del sueño: si durante el día el niño supera momentos difíciles, también lo hará por la noche.
– Acepta su independencia.
A todos nos gusta sentirnos útiles, a los niños también. Puede que sigas viendo a tu hijo como tu pequeñín indefenso. Reflexiona un momento si te resistes a darle más autonomía: si es así y te das cuenta, podrás optar por otra actitud.
– Habla con tu pareja.
Normalmente hay un miembro de la pareja que da más autonomía al niño o tiene distinta percepción del peligro (suele ser papá). Hablad del tema: la visión de uno servirá como empujón al otro.
El error: Perder los estribos
Así acertarás
– Analiza qué te hace estallar.
Quizá vayas acumulando enfados hasta que explotas; si es así, corrige al niño a tiempo. O quizás se deba a que tienes demasiado trabajo, a que hay tensiones de pareja… Busca remedios que no afecten a tu hijo.
– Reconoce las señales de la tormenta.
Hay signos que te avisan de que vas a perder los estribos: alterarte a la mínima, verlo todo negro… Si aparecen, actúa cuanto antes: pide ayuda, organiza una escapada con tu pareja…
– Habla con tu hijo tras el altercado. “Lo siento” es una frase muy útil en el vocabulario de cualquier padre. Y cuando la utilizas con tu hijo, le enseñas que los adultos también se equivocan y que rectificar es de sabios.
El error: Criticarle demasiado
Así acertarás
– Evita criticarle si actúa sin mala idea.
Generalmente, los niños actúan movidos por su afán innato por explorar. Así, la trastada de un bebé cuando se quita el pañal y embadurna la pared refleja falta de madurez, más que un deseo de hacer algo malo.
– Critica su conducta, no a él mismo.
Es mejor decir “pegar no está bien” en vez de “no haces más que pegar, qué malo eres”. Así siente que le quieres, que te gusta cómo es y que lo que no apruebas es lo que ha hecho.
– No le elogies por todo.
Hacerlo le lleva a depender de la aprobación externa. El niño está motivado para intentar cosas por sí solo. Si las logra, se siente orgulloso y compartir con él esta vivencia es el mejor elogio.
Para encontrar el equilibrio, aplica esta regla: una crítica por tres elogios.
El error: No considerar su edad
Así acertarás
– Obsérvale.
Y reflexiona sobre lo que es capaz de dar y hacer según su edad y su carácter. Si tienes dudas, consulta con tu pareja, con otros padres o en libros.
– Respeta sus retrocesos.
Casi todos los niños sufren alguna regresión en cosas que ya tenían superadas debido a tensiones (como la llegada de un hermanito) o a la adquisición de un aprendizaje. Si tu hijo vuelve a hacerse pis cuando ya controlaba los esfínteres, acepta
la situación y exígele menos temporalmente.
– Evita ser demasiado condescendiente.
Retrocesos aparte, su autonomía aumentará con el tiempo. Es bueno que tus expectativas sobre sus avances (usar el váter, comer con cuchara…) vayan siendo mayores cada vez.
Y a partir de ese momento…
Febrero 21, 2010
Una vez producida la separación, es muy importante que se respete a rajatabla el plan fijado de visitas, porque eso ayuda a los hijos a orientarse en la nueva situación: si saben el día y la hora en que va a venir a recogerles su papá o su mamá, se preparan emocionalmente para el encuentro.
Por esta razón es conveniente evitar las apariciones “caprichosas” (sobre todo al principio) y los cambios de planes a última hora, porque distorsionan el ritmo que tienen establecido y les hace más difícil asimilar la situación.
También es importante ser puntuales y organizados en la recogida y en la entrega: retrasarse hace que el niño se sienta decepcionado y que sus fantasías de abandono se disparen, pero si se llega muy pronto a la cita, el pequeño se pone nervioso sabiendo que su papá o su mamá está esperándole.
En cuanto a los temas económicos, lo deseable es que los hijos queden completamente al margen.
Los dos progenitores deben tener siempre presente que han dejado de ser pareja, pero no padres, y que sus hijos necesitan el apoyo afectivo y económico de ambos para su educación.
Es esencial, en definitiva, permitir y procurar que los hijos conserven una buena imagen y una buena relación con ambos padres: después de todo, cuantos más afectos tengan en su corazón, mejores y más felices serán su presente y su futuro.
Evitar la postura de víctima
Febrero 21, 2010
Otra cosa que preocupa a los hijos en esta situación es qué va a pasar con sus padres.
Desde los 4 o 5 años y hasta llegar a la adolescencia, el niño tiene un gran sentido de la justicia y se apena y trata de proteger al progenitor que, a su modo de ver, queda en una situación de desventaja.
Lo mejor es evitar las actitudes “victimistas” y explicarle con claridad dónde van a vivir su papá y su mamá, asegurándole que ambos van a estar bien.
Desavenencias y rencores aparte, hay que estar unidos a la hora de transmitir a los hijos las bases que regirán el nuevo estilo de convivencia a partir de ese momento.
Es muy importante mantenerlos al margen del proceso y no ponerles nunca en la tesitura de tener que decidir; son los padres los que deciden, pensando en su bienestar y sin consultarles, y se lo dan todo resuelto.

